Cuando el poder habla solo
Los siete pecados comunicacionales de una administración que confundió comunicar con escucharse a sí misma.
La comunicación gubernamental no es un ejercicio independiente del acto de gobernar. No se gobierna por un lado y se comunica por otro, como si fueran dos departamentos que comparten organigrama pero no destino. La comunicación, bien hecha, es en sí misma el acto de liderar. Entre los miembros del gobierno, entre superiores y subalternos, entre instituciones, entre gobierno y ciudadanía; la comunicación bien comprendida es el mecanismo a través del cual se hace que los otros entiendan y que los otros hagan. Es, en último término, el sistema operativo del poder.
Para este gobierno, sin embargo, la comunicación ha sido un performance separado de la gestión. Por un lado se toman decisiones —algunas buenas, algunas malas, algunas reactivas, algunas necesarias— y por otro, sin vínculo orgánico con la gestión, se produce una batería de piezas comunicacionales que ignoran los objetivos, la audiencia, los conflictos y las brechas que esas mismas decisiones generan. El resultado es un gobierno que habla solo. Que comunica para escucharse. Que se para frente a un espejo y dice lo que le gustaría escuchar, sin comprender, o sin siquiera intentar comprender, la naturaleza misma de la comunicación gubernamental.
Lo que sigue es un inventario de los siete pecados comunicacionales que caracterizan a esta administración en términos de comunicación, y que en conjunto explican por qué un gobierno con indicadores objetivos defendibles transmite la sensación, cada vez más extendida, de no estar conectado con el país que gobierna.
1. No comprender las emociones que dominan los temas que se pretenden comunicar.
Toda temática pública viene cargada de una emoción dominante antes de que el gobierno hable. Inseguridad, costo de vida, migración, energía, salud: cada uno de estos asuntos llega al ciudadano con un estado emocional ya instalado —miedo, hartazgo, indignación, agotamiento—. La comunicación oficial, en lugar de reconocer esa emoción y trabajar desde ahí, suele responder con un registro técnico, optimista o defensivo que no conecta con lo que la gente realmente está sintiendo. Anunciar cifras de crecimiento mientras el ciudadano se endeuda para llegar a fin de mes no es informar: es hablarle a personas que no existen.
2. Falta de coherencia y consistencia, entre mensajes y entre instituciones.
Un ministerio dice una cosa, otro la matiza, un vocero la contradice y el Palacio reinterpreta. Lo que debería ser una voz de gobierno se convierte en un coro desafinado donde cada quien canta su propia partitura. La consistencia no es solo un asunto de disciplina interna: es el principal vehículo de credibilidad. Cuando el ciudadano percibe que el gobierno no está alineado consigo mismo, lo que falla no es el mensaje, sino la sensación de que hay alguien al mando.
3. Exceso de reactividad: se abandona la estrategia para perseguir la coyuntura.
Cada escándalo, cada titular, cada tendencia en redes secuestra la agenda comunicacional y las decisiones correspondientes. El gobierno deja de hablar de lo que decidió hablar y empieza a hablar de lo que se le impone. El problema no es responder a la coyuntura, eso es inevitable, sino dejarse gobernar por ella. Un gobierno reactivo es un gobierno sin centro: termina explicando lo que no quería explicar y dejando sin contar lo que sí debía contar.
4. Saturación comunicacional: mucha amplitud, poco impacto.
Volumen no es estrategia. La administración produce un flujo constante de piezas, declaraciones, videos, ruedas de prensa, entrevistas y publicaciones que terminan compitiendo entre sí. Cuando todo es importante, nada lo es. La saturación no solo diluye los mensajes prioritarios: agota a la audiencia y la entrena para ignorar al emisor. La consecuencia es paradójica: cuanto más se comunica, menos se escucha.
5. Confundir comunicación con publicidad.
Comunicar es construir comprensión y confianza; hacer publicidad es vender un producto. Este gobierno trata la mayor parte de sus mensajes como campañas de venta: jingles, hashtags, eslóganes, piezas pulidas con estética de marca. Pero la ciudadanía no es un consumidor que evalúa atributos: es un actor político que evalúa decisiones, coherencia y resultados. Cuando todo se reduce a publicidad, la conversación pública se infantiliza y el emisor se desgasta.
6. Ausencia absoluta de un vocero de la presidencia: el desgaste de la figura presidencial.
La presidencia no tiene una voz que la represente. El propio presidente termina explicando todo, opinando sobre todo, presentando todo, defendiendo todo. Esa sobreexposición erosiona la figura: la convierte en un interlocutor más, no en la última palabra. Una presidencia sin vocero es una presidencia que se gasta a diario. Y cuando llega el momento de hablar de verdad, en una crisis o en una decisión histórica, la voz presidencial ya no pesa lo que debería pesar, porque ha estado encendida todos los días para asuntos menores.
7. Abuso de los términos “cambio” e “histórico”, hasta convertir su marca de gobierno en un meme.
Las palabras se gastan cuando se usan demasiado y terminan perdiendo el significado deseado. Cuando todo es histórico, nada lo es. Cuando todo es cambio, el cambio deja de significar algo. El abuso retórico de estos dos términos, columna vertebral del relato de campaña, ha producido el efecto contrario al buscado: en lugar de marcar una identidad, se ha vuelto material de burla. La ciudadanía ha aprendido a esperar la palabra antes de que se pronuncie, y eso ya es una forma de no escuchar.
El dilema de confianza: cuando el emisor invalida el mensaje
Estos siete pecados, sumados, producen un fenómeno que la Teoría del Drama diagnostica con precisión: un dilema de confianza. En el marco drama-teórico, un dilema de confianza emerge cuando un actor A enuncia un compromiso o una posición: “estamos mejor”, “esto es histórico”, “el cambio se siente en todo el país”, pero el actor B, al que va dirigido el mensaje, no cree que ese compromiso sea genuino o que vaya a sostenerse en el tiempo. El problema, crucialmente, no es el contenido del mensaje: es el emisor. Cuando la credibilidad del emisor está dañada, no hay frase, dato o anuncio que pueda repararla por sí mismo. El emisor invalida el mensaje antes de que el mensaje termine de pronunciarse. Así, no es posible que exista comunicación efectiva.
Aquí conviene una distinción que la propia teoría exige. El dilema de confianza no se resuelve con más información ni con mejor producción. Se resuelve con lo que Howard llamó transformaciones dramáticas: cambios en cómo el actor describe la situación y cómo se posiciona dentro de ella. Eso requiere señales costosas: decisiones que el emisor no tomaría si no fuera genuino el compromiso, y una coherencia sostenida entre lo que se dice y lo que se hace.
Sin esos dos elementos, repetir el mensaje solo profundiza la desconfianza.
Los datos más recientes ilustran exactamente este fenómeno. La encuesta Gallup de mayo de 2026 muestra que el 51.7 % de la población califica a Abinader como buen presidente, mientras que el 62.9 % considera que la situación económica nacional es mala o muy mala. La aprobación presidencial se mantiene, pero la aprobación en áreas críticas se hunde: 64.5 % desaprueba la gestión en reducción de pobreza, 55 % en seguridad ciudadana, 55.9 % en manejo de la deuda pública. La figura del presidente flota, pero el mensaje del gobierno se hunde. Esa brecha entre líder y relato es, en términos drama-teóricos, el síntoma exacto de un dilema de confianza no atendido: la ciudadanía separa al actor del discurso porque ya no cree en el discurso, aunque tolere al actor.
La doble élite y sus sesgos
En sintonía con análisis anteriores de esta serie, vale aclarar que esta patología comunicacional no es exclusiva del gobierno. Le ocurre, con variaciones, a buena parte de las grandes empresas dominicanas y a sectores enteros de la élite. Es un fallo arraigado en cómo las élites se relacionan con la sociedad: hablan desde arriba, hablan entre ellas, y confunden la conversación interna con la conversación pública. La diferencia, en este caso, es que el presidente proviene él mismo de la élite empresarial. Es, en cierto sentido, una doble élite: élite política por función y élite empresarial por origen. Esa doble pertenencia arrastra sesgos propios de ambos mundos. El sesgo empresarial de tratar la comunicación como marketing y al ciudadano como consumidor. El sesgo político de creer que el cargo, por sí mismo, otorga autoridad para ser escuchado.
Lo más sorprendente, a casi seis años de gestión, no es la existencia de estos errores. Todo gobierno los comete. Lo sorprendente es la incapacidad de reflexionar y corregir. En una empresa, cuando los indicadores no son los deseados, la alta gerencia frena, evalúa, ajusta. Aquí no se observa ese ciclo. Las encuestas se publican, los datos se conocen, los análisis circulan, y la estrategia comunicacional sigue siendo la misma semana tras semana, mes tras mes.
Si a los gobiernos anteriores se les acusaba de mudos, a este hay que acusarlo de sordo. Comunica todo el tiempo, pero no escucha. Habla, pero no procesa la respuesta.
El dilema de confianza, conviene insistir, no es propio de este gobierno. Es de la clase política dominicana en conjunto y, más ampliamente, de la relación entre élites y sociedad. Pero en este gobierno se ha profundizado, y condiciona hoy la lectura de todo acontecer nacional, de todo proyecto, de toda decisión, de todo mensaje. Cuando el emisor está bajo sospecha, hasta las buenas noticias se leen como propaganda. Y ese es, en último término, el precio de haber tratado la comunicación como un espejo en lugar de como una conversación.
